A veces hay que parar. Coger aire. Reconsiderar. Mirar desde distintos prismas. Pensar que lo que era, a lo mejor ya no es. Y que la nueva mirada puede ser más luz de la luz que hubo. En algunos momentos, un receso es la garantía de poder continuar. Coger impulso desde el hoy prolongado. Paré de escribir. Tiempo. Bastante. Y no llamó a la puerta. Lucio, callado. La miel no rebosaba sobre el hojaldre. Up dejó de subir, aunque estuvo a punto de tocar las nubes. La vida era mucho más grande en vivo. Más pesada. Más contundente. Llena. PARÉ Tiempo. Bastante... Porque sí... Y no llamó a la puerta. VUELVO A ratitos. La vida sigue siendo más. Pero vuelvo.
El temita de las bajantes terminó por destrozarlo todo. Ya nos había bajado la líbido…no recuerdo cuándo. Él se había bajado los pantalones sólo en contadas ocasiones. Habíamos bajado, hasta reducirlo a cero, los viajes, los conciertos, las cenas… Me bajaba el sonido de la tele cada noche como si no recordara la cuestión de mis audífonos. Bajaba constantemente el dinero de la cuenta corriente. Y yo musitaba "por lo bajini" lo pesado que se había vuelto. Pero, de todo, el remate fue lo de las bajantes. Quizás, además de recoger las aguas residuales, recogían también los restos putrefactos de nuestra relación de más de cincuenta años.
Nos cuentan. Los contamos. Con los dedos de una mano y los de la otra después. Luego los números van por decenas y en la historia por centenas...hasta que llegan los siglos. Nos apremian en la cartera, en el wallet o en la cuenta bancaria, que ya es una app de un banco donde en realidad no hay dinero. Nos estrujan la cabeza con sus inquietantes fórmulas matemáticas, que siempre cuadran mostrando su extrema perfección. Nos evalúan del 1 al 10 con regañina o sonrisa del padre, de la madre, del profe... Nos miden hasta 1,90 y te llaman jirafa y desde 1,50 y te llaman tapón. Los cantan los niños, los veneran los físicos, los idolatran los cuánticos. Nos encuestan, nos pesan, nos remuneran. Los suman los bebés. Los restan los ancianos. Y encima de una tarta, al derecho y al revés, misteriosas coincidencias, las edades de dos personas suman siempre lo mismo. Cada año. La última vez... séis, que es un bien. O, para mí, un requetebién. Que la vida cuente.
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